jueves, 25 de octubre de 2007

Imágenes del mar en la poesía de Eugenio Montale


(Texto leído en la inauguración de la VII Settimana della Lingua Italiana nel Mondo, en el Auditorio Menor del Centro Cultural de la PUCE, el lunes 22 de octubre)

Por César Eduardo Carrión

Cuando Gabriela Tavella, coordinadora del Departamento de Italiano de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, me pidió que participara como conferencista, tuve de inmediato más de una duda. Y creo que mis temores son muy legítimos, porque el italiano no es mi lengua materna y tampoco la he estudiado formalmente. Lo poquísimo que conozco de este hermoso idioma lo he aprendido leyendo la obra de ciertos poetas italianos, siempre en ediciones bilingües, por cierto. Y, por supuesto, escuchando algo de música y viendo algo del cine de los grandes directores como Fellini. Sentía que este vínculo era muy frágil como para que yo pudiera pronunciar alguna palabra relevante. Pero, de pronto, recordé dos lazos importantes que me unen emotivamente a esta celebración. El primero de ellos, más bien íntimo y seguramente irrelevante para esta audiencia, es el nombre del mar pronunciado en italiano, porque suena igual al nombre de mi esposa: Mare. Bueno, en realidad, ese no es su nombre, pero desde niña en su casa le han llamado así: Mare. Además, recordé que ella desciende de italianos por parte de su abuela paterna. El segundo motivo, ese sí relevante para esta audiencia, es que la obra de aquellos poetas italianos, que les contaba que he leído, ha calado muy hondo en la poesía de algunos de los escritores ecuatorianos más jóvenes, entre quienes me cuento. Estos poetas italianos son Montale, Ungaretti, Quasimodo... aquellos conocidos como poetas herméticos. De entre ellos, ha sido Eugenio Montale quien me ha seducido con su poesía desde el principio. Con él, o más precisamente, con su poesía, comparto más de una preocupación estética. Por estas razones, en estos pocos minutos, pretendo compartir con ustedes algunas de mis impresiones sobre el significado del mar en la poesía de Eugenio Montale, específicamente, en un par de poemas de su primer libro, llamado Huesos de sepia, posiblemente, el más conocido entre nosotros. Mientras preparaba esta breve charla, encontré el primer poema que leí de Montale, hace como diez años, traducido por el poeta español Antonio Prieto. En él, curiosamente, la voz lírica le habla al mar. Escúchenlo:

Antiguo, estoy enamorado de la voz
que emergen de tus bocas cuando se abren,
como verdes campana que, de nuevo,
hacia atrás se arrojan y se deshacen.
La casa de mis lejanos estíos
te era cercana, tú lo sabes,
allá, en la tierra donde hierve el sol
y anuban el aire los mosquitos.
Ahora como entonces enmudezco ante tu presencia,
mar, aunque ya digno
no sea de la solemne lección
de tu latido. Tú fuiste el primero en decirme
que el ínfimo fermento
de mi corazón no era sino un instante
del tuyo; que en mis profundidades también latía
tu audaz ley arriesgada: ser vasto y ser diverso
pero, al mismo tiempo, fijo
para vaciarme así de todo fango
como hace tú cuando arrojas a la orilla
entre cordelajes, algas, estrellas marinas,
lo inútiles desechos de tu abismo.
[1]

La imagen del mar es definitoria en la poesía de Montale, a pesar de que escasean gravemente las palabras de significado acuático. En la obra de Montale, las rocas, los escollos, la arena, las grutas y los parajes desérticos y deshabitados pueblan y dibujan gran parte de su universo lírico. Pero el mar, entidad omnipresente, dictamina el sentido de los versos de Montale, aunque su voz se encuentre de espaldas a las aguas. El estrépito de las olas, que arremeten contra los arrecifes y los acantilados, se combina con el rumor suave del vaivén inmutable de alta mar. Sólo el agua es capaz de fijar los límites de la geografía del mundo poético de Montale. La musicalidad misma de los versos de este poeta parecen salir de las entrañas marinas: peces y algas, acentos y cadencias, son paridos a un tiempo por un mismo ectoplasma. Cuando el mar no aparece explícitamente, se transforma en otros paisajes, y también en sonidos líquidos y armonía vocálica. Así lo explicaba Montale, con sus propias palabras: “En Huesos de sepia el mar fermentador todo lo atrae y absorbe en su dominio; más tarde me di cuenta de que el mar, para mí, se encontraba en todas partes, y que incluso las clásicas arquitecturas de los cerros toscanos eran movimiento y fuga” [2]. Resultan clave estas últimas palabras del poeta: movimiento y fuga. En la poesía de nuestro autor, según indican los versos del poema que acabamos de escuchar, el mar aparece siempre como “ser vasto y ser diverso / pero, al mismo tiempo, fijo”. De esta forma, el mar en la poesía de Montale expresa el carácter paradójico del tiempo de los hombres.
Leamos otro poema de la primera parte de Huesos de sepia, ahora en la versión de Fabio Morábito:

Allá emerge el Tritón
entre las olas que lamen
la puerta de un cristiano
templo, y cada hora próxima
es antigua, y cada duda
se lleva de la mano
como a una niña amiga.

Allá no hay nadie que se mire
o que se escuche absorto.
Aquí estás en los orígenes
y decidir es vano:
más tarde partirás de nuevo
para asumir un rostro.[3]


En estos versos, el mar atestigua el paso efímero de las religiones humanas. En dimensiones de tiempo marino, ni siquiera un segundo separa al Tritón del templo cristiano. Para el océano eterno, paganos y creyentes son pasajeros de una misma ola fugaz: “cada hora próxima / es antigua” dice el texto. Pasado y futuro humanos se confunden en un presente invariable, marcado por el compás monótono de las aguas. Decidir es vano, asegura la voz lírica, porque toda partida es, al mismo tiempo, el principio y el fin de un periodo vital. En este debate, el mar invita al poeta, y al lector también, al encuentro de la propia identidad. El mar nos llama para que asumamos un rostro. Estas palabras sugieren que sólo frente a lo ajeno e inmutable se descubre lo distinto y lo propio. Solo frente a la cara del mar (perpetua e idéntica a sí misma), el individuo se reconoce cambiante y distinto. La identidad humana, como el mar, se define gracias al continuo cambio. Sólo la mutación es invariable en el universo poético de Montale. Así como cada ola del mar es distinta a otra, pero todas en conjunto son idénticas, cada hora humana es distinta y única, pero todas se conjugan un fluir unitario, aunque sea solamente en apariencia.
La expectación casi mística de Montale por la movilidad y la quietud de la naturaleza lo condujo con frecuencia a extraviarse en el paisaje. La identidad y la diferencia, halladas como realidades concretas en el comportamiento del mar, se expresan también en los ciclos climáticos que los océanos modulan, sobre todo en las regiones costeras. Hallo en esta constante de los versos de Montale, una referencia inequívoca a la costa de su natal Liguria. Dice así una parte del primer poema de Huesos de sepia:

Goza, si el viento que entra en el pomar
vuelve a traer la oleada de la vida:
aquí donde se hunde la maraña
inerte de memorias,
huerto no había, sino un relicario.

El aletear que escuchas no es un vuelo,
sino el estremecerse del regazo eterno;
ve cómo se transforma en un crisol
este rincón de tierra solitario.

La existencia humana es un vaivén de vida y muerte. El mar es la piel que se mueve sobre los huesos de sepia de las rocas de la costa accidentada de Liguria. Hay que recordar que Montale nació en Génova en 1896. El mar costero de su región natal, en especial el paisaje de la localidad de Monterosso, donde veraneaba de niño con su familia, seguramente lo motivaron a fijarse tanto en el oleaje y el viento sibilante sobre la vegetación reseca. Aquel panorama costero expresa de la dificultad de la vida, pero también la fuerza de sus formas más frágiles, que se empeñan en enraizar en el territorio yermo y poblar la piedra: “ve cómo se transforma en un crisol / este rincón de tierra solitario”, dice el poema.
Es muy conocido el male di vivere de Montale, aquella personalidad que lo llevó a escribir una obra poética introspectiva y desoladora. Hasta los 25 años de edad, apenas había tomado alguna decisión sobre su vida: no tenía oficio, no había emprendido ninguna carrera. Quería ser cantante lírico; nunca llegó a serlo. Posiblemente esa primitiva vocación también se vea reflejada en no pocos de sus primeros poemas. Lo cierto es que el joven Montale no hizo más que estudiar inglés, español y francés. Y qué bueno que así fue. Tal apatía e inactividad, que lo mantuvo dependiente de su padre viudo hasta cuando fue ya un adulto, posiblemente llevaron al poeta a descubrir en el mar una exquisita e inagotable metáfora existencial. La continuidad mutante del mar también le inspiró un uso económico de recursos estilísticos. La suya es una poesía contenida, de pocos motivos, de ritmos y entonaciones que permanecen a lo largo de toda su obra. Sin embargo, así como el mar cambia, según cada costa y playa, la poesía de Montale es siempre otra en cada libro, siendo sin embargo siempre la misma. El carácter de toda su obra quedó fijado de cierta forma en el primer libro, Huesos de sepia
Pero el mar en la poesía de este autor es también una invitación a la esperanza, una incitación al futuro. El mar levanta la ambición y la codicia en la conciencia, porque promete una vida llena de aventuras, a veces benignas, a veces peligrosas. Así parece expresarlo el final del poema que estábamos leyendo. Dice:

Cunde un tormento en este
lado del muro. Si avanzas, acaso
encuentres al fantasma que te salve:
se urden aquí los actos, las historias
borrados para el juego del futuro.

Busco una malla rota en la red
que nos oprime, ¡sal afuera, huye!
Ve, por ti lo he rogado – ahora la sed
me será más leve, menos acre la herrumbre...

En estos versos, lo que está de espaldas a la voz lírica son los huertos de Liguria calcinados por el sol. A las espaladas del hablante del poema, se encuentra la pobreza de la aridez. Frente a ella, se encuentra en cambio el océano infinito. Como un pez atrapado en una red de arena y soledad, la voz lírica descubre una malla rota por donde huir hacia un futuro que promete incertidumbre. Del mismo modo, millares de miles, millones de italianos han hallado su hogar en nuestro continente. Ese mar abierto que descubre Montale trajo a nuestra América este bello idioma, el italiano. Por ese mar cruzó la poesía italiana y llegó hasta nosotros. Así como el mar está en todas partes, como asegura nuestro poeta, para algunos de nosotros, el italiano también lo está, aunque no lo pronunciemos bien o apenas podamos balbucearlo. El mar que empieza en las costas de Liguria, termina hoy en nuestras costas ecuatorianas, y a falta de acantilados vertiginosos, tenemos las cumbres de los Andes. En honor a este pacto trasatlántico que hoy renovamos, quiero terminar mi intervención comentado un fragmento de la sección llamada Mediterráneo, igual a ese mar donde empezó esta aventura de intercambio cultural.
Todos amamos el mar, imagen paterna y materna del tiempo indetenible. Lo amamos, porque sabemos que la vida toda empezó en sus aguas. Lo sentimos entonces como nuestra madre. Pero a veces lo odiamos también, porque nos quita la vida para dársela a otros seres, que nos relevan en esta aventura de navegar por la incertidumbre y la fe. Y actúa entonces para nosotros como el padre que sanciona la ley cíclica de la vida. En esa medida, como el tiempo, el mar también es humano. Dice el preciso y precioso texto de Montale:

Llega a veces de pronto una hora
en que tu corazón cruel nos sobrecoge
y del nuestro se separa.
Discrepa entonces de mi voz tu música
y cada movimiento tuyo nos condena.
Absorto en mí, sin fuerzas,
tu voz parece sorda.
Me afianzo en el pedrisco
que desciende
hasta la escarpada orilla que te domina,
quebradiza, amarilla, surcada por regueros
de agua de lluvia.
Mi vida es esta seca pendiente,
medio y no fin, vía abierta a escurrimientos,
lento deslave.
Y también es esta planta que nace
de la devastación,
expuesta a los embates del mar y suspendida
entre erráticas ráfagas de viento.
Este trozo de suelo sin hierba
se quebró para dar pie a una margarita.
En ella titubeo ante el mar que me ofende,
mi vida todavía carece de silencio.
Miro la tierra que refulge,
el aire, de tan quieto, se oscurece.
Y esto que crece en mí
talvez es el rencor que todo hijo
siente, mar, hacia su padre.


Posiblemente, estas pocas ideas que he esbozado resulten un tanto generales, pero ha pretendido desembozar con un mínimo de fidelidad la compleja sencillez de la poesía de Montale, al menos, de uno de sus símbolos fundamentales: el mar. La obra lírica de este autor, quizás un tanto árida al principio, evoluciona hacia formas discursivas más cercanas a las estructuras conversacionales: menos elipsis y más conectores, más tono de confesión y menos encriptación de referencias biográficas. Así se puede ver en libros posteriores como Diario del 71 y del 72 y en Cuaderno de cuatro años. Sin embargo, el suyo es siempre un hermetismo comunicativo. Quizás algunos de ustedes hayan recordado, mientras escuchaban los versos de Montale, aquellos de Manrique que igualmente refieren la naturaleza del tiempo humano en términos acuáticos: “nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / qu´es el morir”. Y habrán acertado. Pero esta cercanía no se debe necesariamente a que Montale haya sido traductor de Cervantes y Nicolás Guillén. Los poetas de todos los tiempos parecen, por momentos, hablar de las mismas cosas en términos semejantes. Y esto, en el caso Montale, tiene una explicación precisa. Cierta ocasión, declaró en una entrevista: “El argumento de mi poesía (y creo de toda poesía posible) es la condición humana considerada en sí misma; no éste o aquel acontecimiento histórico. Esto no significa extrañarse de cuanto ocurre en el mundo; significa sólo conciencia y voluntad de no confundir lo esencial con lo transitorio”. Pues bien, esta voluntad de expresar en su poesía “la condición humana considerada en sí misma”, constituye un auténtico aliento humanista, que sembró en él un repudio profundo por el fascismo y que también le permitió obtener el Premio Nóbel de Literatura en 1975. Y lo más importante, le ha permitido a su poesía trascender las barreras del tiempo, del espacio y aun las del idioma. Fíjense ustedes: nos hemos reunido para festejar, con motivo de esta semana de la Lengua Italiana, a uno de los poetas italianos más influyentes del siglo XX y de lo que va del siglo XXI. Pero todavía más importante, nos ha ayudado a estrechar lazos de amistad, aun más, de hermandad, con el pueblo italiano, porque su lengua y su cultura, como las nuestras, son el hogar de la poesía de todos los hombres y todos los tiempos.

NOTAS
____________________
[1] Tomado de Eugenio Montale, 37 poemas traducidos por 37 poeta españoles en el centenario de su nacimiento, Madrid, Hiperión, 1996, p. 47.
[2]“Intervista immaginaria”, en Sulla poesia, al ciudado de Giorgio Zampa, Milán, Mondadori, 1976, p. 565, citado por Fabio Morábito en el Prólogo a su edición bilingüe de la Poesía completa de Eugenio Montale, Barcelona, Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores, 2006, pp. 15-16.
[3] Obra citada, pp. 82-83.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Decían los antiguosque la poesía es escala hacia Dios.
Esto también lo dijo Montale.

Casa de las Iguanas dijo...

¡Ñaños queridos... qué bueno verlos en el cyberespacio! Reciban mis fuertes abrazos y deseos de prosperidad en esta nueva faceta de "literatos bloggeros".

AEH